Los Rappy, los Uberit, los Yapos: «Trabajadores invisibles hasta para ellos mismos»

La crisis pandémica ha develado una ciudad miserable, donde las y los trabajadores, aparecen y desaparecen; transitan como sombras, algunos invisibles, todos en la misma barca de la acumulación por desposesión en que navegamos, superexplotados, todos precarios, muchos sin nombre, como una ironía de la nueva revolución que se lleva a cabo en el mundo y que los quiere hacer desaparecer, como un sueño.

Las grandes plataformas y también las pequeñas que se empiezan a inventar en forma local, para hacer más fácil y segura la vida de muchas y muchos, requieren de grandes masas de trabajadores y trabajadoras para permitir esa seguridad, principalmente para que los negocios sigan funcionando, que las grandes cadenas no paren a pesar de la crisis económica que empezamos a resentir día a día, como crisis vital del capitalismo.

En este escenario, aparecen los repartidores de delivery, en los noticieros de la TV robando cámara a otras noticias, porque no respetan la llamada “distancia social”, sin mascarillas disputando el lugar para recibir su pedido, o siendo asaltados en alguna calle, quedando sin mochila, sin teléfono, esencial para estar conectados a la red de pedidos. Pero lo que no dicen los medios de comunicación, es que, este acto de trabajo, se realiza sin ningún derecho laboral, sin ser considerados trabajadores, como servicio independiente, sin registro de salud, sin previsión sin tener tampoco medidas sanitarias adecuadas, porque son ellos mismos los que invierten en ellas, enfrentándose al contagio, arriesgando la vida por una pizza, que ni siquiera comerán.

Llegan los productos, después de ser solicitados, a través de alguna de las plataformas existentes, toda una fantasía, que descansa sobre una realidad monstruosamente precaria, se invisibiliza así, el trabajo contenido en cada producto y las condiciones en que fue realizada su entrega. Se oculta la vida humana que está contenida allí. Pues, detrás de cada plataforma existen trabajadores y trabajadoras que en condiciones de la crisis del COVID-19 hacen su trabajo, para todas las tiendas que disponen sus productos, a un click de distancia de los que cliquean. De esta manera, se naturalizan las condiciones laborales de los llamados “socios repartidores,” también para ellos, pues “si te contagias, te aseguran quince días de sueldo que es el promedio de lo que recaudaste en el último mes” según señala una trabajadora.

Conershop, una de las plataformas, bastante requerida en estos días, pues permite hacer las compras en el supermercado, nombra a los repartidores como “socios”, son estos los que buscan los productos solicitados y después un piloto de Uber los lleva al domicilio del cliente. Uber se ha reconvertido, hoy sus pasajeros son cajas, objetos, encomiendas que llevan de un lugar a otro de la ciudad. La plataforma transnacional recibe los mensajes, activando la red para que el movimiento no se detenga. Convive así, la alta tecnología que conecta en línea, los deseos y los productos que requieren los que se pueden quedar en casa, con la cadena de distribución de la mercancía, donde los trabajadores cargan, descargan, embalan, reparten, muchos puestos para que la cadena no pare. Y “si te contagias, te aseguran quince días de sueldo que es el promedio de lo que recaudaste en el último mes”.

Este concepto de “socios repartidores” es utilizado por las empresas de estas plataformas, oculta la relación laboral. Estos trabajadores, invisibles hasta para ellos mismos, están preocupados de no ser considerados los untadores del virus, porque necesitan trabajar y volver a su casa, sin ser discriminados por sus vecinos, ni tampoco por los clientes, por la exposición que tienen al desarrollar sus jornadas de trabajo, a veces muy extensas, siempre flexibles, pues dependen de los pedidos que la plataforma les asigna.

Se ha impuesto simbólicamente la precariedad, como única forma de trabajo. Los avances tecnológicos son como un gigante con pie de barro, con retroceso absoluto de derechos. Hoy podemos mirar la estructura que nos deshumaniza, es por eso que visibilizar los nuevos mitos sobre el futuro es una tarea imprescindible.

La sociedad chilena hace décadas dio un vuelco gigantesco a su matriz productiva, las industrias nunca volvieron, porque el capitalismo central no las necesita en el país, de ahí el ajuste estructural llevado a cabo en dictadura y acomodado década a década por los poderosos, cuya riqueza la obtuvieron y la obtienen de la esfera del gran comercio, de la tenencia de la tierra, de la exportación de los recursos naturales y por supuesto, de las finanzas, donde reside el juego de las grandes fortunas de las 140 familias más ricas de Chile. Una economía abierta al mundo, que ha pisoteado la soberanía alimentaria, al ser humano y al frágil equilibrio de la naturaleza, y nos lleva a los límites de la barbarie, sino hacemos algo.

Escrito por Katia Molina

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