OPINIÓN| “Descolonizar la izquierda wingka”

La izquierda en Chile se reconoce como tal desde principios del siglo XX, es decir, después del término de la ocupación militar a lo largo del país que protagoniza la oligarquía criolla durante todo el siglo XIX. Se suele interpretar el surgimiento de la izquierda como respuesta «natural» al desarrollo histórico de las fuerzas productivas, como si no hubiera existido alternativa al despojo, como si no fuera posible recorrer otro camino que modernizarse y en donde el socialismo sería la cúspide del proceso. La izquierda, ante la manifestación de la miseria, se propondrá asumir el mandato «histórico» de alcanzar los valores de la modernidad: la igualdad (ante la Ley oligarca), la libertad (de no tener tierra donde vivir) y la fraternidad (entre hombres criollos heterosexuales). Mientras la oligarquía buscará someter la «barbarie» popular, la izquierda buscará ilustrarla para que encuentre el camino de su regeneración como clase destinada a superar el capitalismo.

Se define como «sujeto revolucionario» a esa parte del mundo popular que está integrada al circuito de producción capitalista industrial, a la «clase obrera» en razón a su semejanza con los países occidentales (anglo-europeos). El avance del desarrollo capitalista produciría el fermento para la revolución, es decir, la posibilidad de acercarse al «nivel» de desarrollo del centro mundial hace posible las condiciones «objetivas» para la liberación. Lo que presupone que existiría una forma universal de desarrollo posible, como si nuestro «subdesarrollo» no fuera una forma de desarrollo capitalista propio de los países periféricos, como si el mercado mundial no dependiera de nuestra dependencia.

Si la «clase obrera» -masculina, urbana y criolla- tomó el primer lugar en el horizonte de la izquierda, un segundo lugar lo tomaba el campesinado (como «aliado» del primero) en tanto sirvienta/es de un campo definido como “semifeudal”, “subdesarrollado” o “bárbaro”. Los pueblos llamados originarios, en tanto pueblos, pasan a ser una anécdota cultural del campesinado, su existencia sólo reafirma el prejuicio de la izquierda con ese pasado, aún no superado, que la precede. Más allá de esa mirada, es el propio desarrollo del capitalismo mundial el que comienza a pulverizar a la «clase obrera» a través de la desindustrialización de la poca industria que existía. Mientras que para la izquierda el campo, es decir todo aquello que no es «ciudad» -epicentro del «desarrollo»-, asume un tímido y efímero protagonismo en la reforma agraria y en la migración campo-ciudad («pobladore/as»), para luego ser abandonada en la contrarreforma.

La izquierda en Chile se encubre en el proyecto de la modernidad por lo que replica todos sus prejuicios. Es una izquierda inviable porque se piensa desde otro lugar que no es el que le toca vivir, se piensa como occidental sin vivir en occidente, piensa en la subjetividad revolucionaria desde el conocimiento revelado por el pensamiento del centro colonial. Busca encontrar una clase obrera desdibujada y, como no la encuentra, se buscan formas para volver a dibujarla, como si su existencia real no implica el despojo y la miseria, o peor aún, como si la acumulación capitalista en un país periférico no significa, a diferencia de los países centrales, que gran parte de la población básicamente sobra a raíz del extractivismo. Hasta aquí se hace más evidente porque nuestra izquierda sería wingka, no porque sea cómplice de la usurpación y el despojo, sino porque asume el horizonte de sentido del colonizador. La izquierda es wingka por voluntad propia.

Sin ánimo de achacar culpabilidades nos preocupa comenzar a problematizar los prejuicios coloniales que se usan como punto de partida para las estrategias y tácticas de la izquierda. Es desde ahí donde podemos darle contenido al incipiente auge discursivo de lo «decolonial», «descolonial» o «epistemología del Sur» que corre el riesgo de diluirse en una nueva forma de encubrir estos prejuicios. El que un movimiento u organización política de izquierda se defina como «decolonial» no la hace dejar de ser wingka, al igual que con la definición de feminista, es así como puede ser reducida a «darle un espacio» a las «minorías étnicas», en integrarlas a su inviable proyecto modernizador. Cuando el asunto le sigue haciendo ajeno solo encuentra respuestas semejantes a las del colonizador: un «nuevo trato», «pagar la deuda del Estado», reconocer otras «nacionalidades» y medidas compensatorias. El problema se reduce, nuevamente, al tamaño de los costos que produjo el «progreso» o desarrollo capitalista y la necesidad de su reparación, pero su fundamento no se pone en cuestión.

El auge del movimiento autónomo mapuche, al nacer de este siglo XXI, tiene como antecedente inmediato la renuncia a la política wingka, en especial a sus partidos. La dictadura militar y la transición pactada vaciaron todo el contenido popular construido al interior del concepto de nación chilena en el siglo XX, instituyéndoseel pasaje de una «nación de proletaria/os» a una «nación de propietarios». La izquierda se fue encontrando huérfana de proyecto histórico porque la oligarquía criolla masacró lo champurriao (o «ch’ixi» diría Silvia Rivera Cusicanqui) que la cultura popular disputó al interior del sentido de nación durante ese siglo. A más de veinte años de los sucesos de Lumaco (1998), que dan comienzo de la rebelión mapuche contemporánea, la izquierda wingka sigue sin ser capaz de ser un riesgo real para el orden vigente y el pueblo-nación mapuche sigue protagonizando el conflicto territorial más relevante al interior del Estado chileno.

La descolonización de la izquierda comienza con renunciar al ser y estar en el mundo como wingka, es decir, dejar de considerar como irremediable la subjetividad moderna desde donde vemos posible el mundo y, por tanto, la posibilidad de su transformación. Se vuelve un problema político, existencial incluso, cuando nos abrimos a nuestro reconocimiento de sufrir la colonización de nuestro ser, de que ya no es un problema de «indígenas» o «afros», sino que de todos los pueblos de este país, continente y hemisferio. Cuestionar el horizonte de sentido del proyecto político de la izquierda implica asumir la angustia detrás de poner en cuestión los cimientos desde donde hemos insistido en nuestra práctica desde hace un siglo. Es el costo necesario para hacer viable un proyecto de transformación en este lugar histórico y material, para que emerjan las respuestas a problemas aún sin resolver.

La descolonización pasa primero por descolonizarnos, por asumir el mal llamado «problema indígena» como problema, que en su fundamento, es propio. El contenido de palabras como «autonomía» y «autodeterminación» pueden ser rápidamente vaciado por fórmulas y relatos confusos si no afirmamos su contenido material, que radica en la relación entre naturaleza y comunidad, relación que posibilita reproducir la vida. El despojo de la tierra de su comunidad, el despojo del individuo de su comunidad desplazada, el despojo de la corporalidad de su persona. Despojo como condición necesaria para el desarrollo capitalista, patriarcal y moderno: la propiedad privada de la tierra, el agua y el mar; la fragmentación de la relación comunitaria en individual ; la violencia sexual y laboral. Es el asesinato de todo lo sagrado: la corporalidad, la comunidad y la naturaleza. Lo que hace posible y viable la vida.

El despojo presupone la ocupación militar, la violencia institucional como condición necesaria para el «desarrollo». Fueron necesarios diecisiete años de ocupación militar para establecer el primer régimen neoliberal del mundo en Chile. Han sucedido y siguen sucediendo asesinatos de quienes lo siguen resistiendo. La policía que controla el orden público es polícia militar, es decir, aquella que controla a la población en tiempos de guerra. Si la autodeterminación se traduce en recuperar tierra, agua y mar para afirmar la vida de la comunidad, implica también la desmilitarización del territorio.

La ciudad presupone el despojo en las miles de poblaciones, en la pobreza, la marginalidad, en la imposibilidad de tener dignidad si es que no tienes dinero. No hay vida más allá de la circulación del capital. En el hacinamiento y la falta de techo se debe al  despojo de la tierra de nuestras abuelas en el campo, la migración, la falta de tierra donde vivir en la ciudad y el posterior crecimiento de la prole. El despojo sigue sucediendo en la expansión inmobiliaria y la expulsión de las comunidades o familias populares a la periferia.

La izquierda podrá comenzar a descolonizarse cuando mire y escuche que su alrededor se constituye todos los días, de forma más o menos encubierta, en base la militarización y el despojo permanente. Dejaremos de ser una izquierda wingka cuando la causa del pueblo mapuche deje de ser vista como algo ajeno y se solidarice desde lo que somos, desde la morenidad de muchos pueblos y comunidades, resistentes o desplazadas, en el campo o la ciudad, que se nos ha negado la tierra, el agua y el mar, en una sociedad militarizada. La autodeterminación podrá ser posible en Chile si se autodetermina el pueblo mapuche y cada uno de los pueblos que, en el momento preciso, nos hagamos comunidad en la recuperación de todo lo usurpado.

Escrito por Sergio Acuña, panelista de «Creadorxs de Riqueza: reflexiones sobre la clase que vive del trabajo».

Revisa su participación en el seriado radial de SYT.

CAPÍTULO 6| «Desarrollo y descolonización»

Sexto y último capítulo de «Creadorxs de riqueza: reflexiones sobre la Clase que vive del trabajo».  En este episodio contamos con la participación de Sergio Acuña, investigador y columnista, Felipe Valenzuela, Sociólogo e investigador SYT, y Mariano Rivera Figueroa, investigador popular y Comunicador social.

Reflexionar acerca de los paradigmas «desarrollo/desarrollismo«, en tanto economía y despliegue del modelo social en Chile y, por cierto, en el fenómeno trabajo; en tensión con la «descolonización» como perspectiva histórica de administración sociopolítica para los pueblos latinoamericanos.

Música: Luanko «Wewaiñ» en Seriado enMarcha / Manuchao: «Para todos: todo»

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